viernes, 28 de noviembre de 2014

Recuerde el alma dormida.

       


       Las experiencias sobre la muerte son una fase muy importante de aprendizaje en nuestra vida.
      No me refiero a lo esotérico, macabro o cualquiera de esas zarandajas que tanto morbo producen en nuestra sociedad. Me refiero a ver desaparecer o morir a nuestros seres queridos. Llama la atención que tanta gente quiera ignorar esta realidad y pase por ella de puntillas cuando si hay alguna certeza irrefutable es que toda persona viva habrá de morir algún día.
      Tuve la fortuna de asistir a la muerte de mi madre y aún más, de compartir con ella dos semanas intensas poco antes de que ello sucediera; ella se lo barruntaba. Paseamos, hablamos, recordamos, incluso visitamos el cementerio donde estaban enterrados mis abuelos, mi padre, dos hermanos muertos en su primera infancia y muchos parientes, amigos y conocidos a los que solía recordar en los últimos tiempos.
       Me trasmitió una gran paz; no le asustaba la muerte, estaba preparada.. Tan solo le temía al sufrimiento, a la agonía.
       Ello ocurrió pocos meses después de los sucesos de Leganes en los que denunciaron a varios médicos por sedaciones a pacientes terminales y cuando viendo cómo sufría ya que se le habían encharcado los pulmones y era inevitable su muerte, solicitábamos a los doctores que la atendían que le aliviaran el dolor, ellos se negaban aduciendo que esos medicamentos podían acelerar su muerte, incluso llegaron a sugerir que queríamos matarla.
       Esos sucesos vinieron a mi cabeza ayer cuando asistí  a una charla de la Asociación Derecho a Morir Dignamente y sentí mucha alegría cuando vi a personas como Luis Montes y Carlos Barra que quieren emplear su tiempo y energía para que  en España se pueda tener una muerte digna y sin sufrimiento si ello es deseo del moribundo. Y recordé que he de hacer el Testamento Vital.
       Y resonaron en mi cabeza esas Coplas a la muerte de su padre de Jorge Manrique, que asumí como mías cuando con diez años las conocí:

Recuerde el alma dormida,
Avive el seso y despierte,
contemplando
Cómo se pasa la vida,
Cómo se viene la muerte
tan callando;
Cuán presto se va el placer,
Cómo después, de acordado
Da dolor;
Cómo, a nuestro parescer,
Cualquiera tiempo pasado
Fue mejor.

Y pues vemos lo presente
Como en un punto se es ido
Y acabado,
Si juzgamos sabiamente,
Daremos lo no venido
Por pasado.
No se engañe nadie, no,
Pensando que ha de durar
Lo que espera,
Más que duró lo que vio,
Porque todo ha de passar
Por tal manera.
.
Nuestras vidas son los ríos
Que van a dar en la mar
Que es el morir;
Allí van los señoríos
Derechos a se acabar
Y consumir;
Allí los ríos caudales,
Allí los otros, medianos
Y más chicos,
Y llegados son iguales
Los que viven por sus manos
Y los ricos.

       O aquel fantástico Romance del Enamorado y la muerte, que, cantado por Joaquín Díaz, me llegó como, y tomo las palabras prestadas a Ramón Irigoyen, "una pedrada que partiendo de una honda certera, se incrusta en una sien".

Un sueño soñaba anoche,
Soñito del alma mía,
Soñaba con mis amores,
Que en mis brazos los tenía.
Vi entrar señora tan  blanca,
Muy más que la nieve fría
Por dónde has entrado amor
Cómo has entrado, mi vida.
Las puertas están cerradas,
Ventanas y celosías
No soy el amor amante
Soy la muerte, Dios me envía.
Ay muerte tan rigurosa
Déjame vivir un día,
Un día no puedo darte
Una hora tienes de vida.
Muy deprisa se levanta,
Más deprisa se vestía
Ya se va para la calle
En donde su amor vivía.
Ábreme la puerta blanca,
Abreme la puerta niña,
La puerta cómo he de abrirte
Si la ocasión no es venida.
Mi padre no fue a palacio,
Mi madre no está dormida.
Si no me abres esta noche
Ya no me abrirás querida.
La muerte me esta buscando
Junto a ti vida sería.
Vete bajo la ventana
Donde labraba y cosía.
Te echaré cordón de seda
Para que subas arriba,
Y si el cordón  no alcanzare
Mis trenzas añadiría.
La fina seda se rompe,
La muerte que allí venía
Vamos el enamorado
Que la hora ya esta cumplida.

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